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Profecía autocumplida del analista: La dirección de la cura. Por Daniel César Ripesi

¿Cómo nombrar ese movimiento “del” y “en” el analista que a veces lo transforma de un modo sorpresivo en el curso de un tratamiento? Y no nos referimos aquí a los efectos más o menos transitorios del fenómeno contratransferencial sino a los efectos permanentes en su subjetividad que dejan en el analista ciertos momentos del encuentro clínico con los pacientes.

Los diversos Congresos, Simposium y Conferencias,  Talleres y demás encuentros psicoanalíticos, en cuyas ponencias abundan las consabidas fórmulas: “como dijo Zultano…”o “en el seminario XXXV Fulano nos dice que…”, o bien: “ya sabemos que Mengano estableció en sus Escritos que…” - trabajos plagados de formas retóricas que intentan respaldar lo que se está disertando en la autoridad sagrada de quien sea-, resultan ser acontecimientos académicos tan aburridos como inútiles. Y, para empeorar las cosas, las viñetas clínicas que se agregan a esos trabajos solo vienen a tratar de confirmar lo recontra confirmado y a ilustrar lo recontra ilustrado.
Todo parece hecho al servicio de reforzar los vínculos de pertenencia a determinada línea teórica dentro del psicoanálisis (sí amigo lector, existen otras perspectivas teóricas además de la que usted profesa). La síntesis de esta tendencia escolástica se plasma en el modo en que se redactan las referencias clínicas que se ofrecen a los colegas, porque una historia clínica no debería –como en general sucede- proponerse confirmar alguna una presunción respecto del desenlace o curso de un tratamiento, tampoco debería ilustrar algún aspecto especial de la teoría. La referencia a los autores consagrados, tanto como el objetivo de “ilustrar” y “demostrar”, solo intenta mostrar la concordancia de lo que sucede con un paciente en el terreno clínico y lo esperado teóricamente que suceda…
Creo que sería mejor invocar no una historia clínica sino más bien momentos o instantes perdidos en un tratamiento, “fracturas, en todo caso –más que fragmentos- de una historia”, conmociones en el curso de una sesión.
Sostener en un tratamiento ese movimiento pleno de eventos singulares es difícil. La tentación del analista de dejarse guiar por el Dios Cronología, de orientarse con las alternativas de un “antes” y un “después”, del “tenía que suceder así”, etc.,  asesina al aspecto sorpresivo e intespestivo del despliegue subjetivo. “Cambio de posición subjetiva” se dice, ¡genial!,  pero la Verdad –entonces- ya no habla[1], porque a partir del Logos establecido por el analista, todo el movimiento transferencial parece someterse –sin mayores resistencias- al discurso lógico tan previsible para algunos analistas.
No se trata de que el paciente deba ser insituable para el analista, se trata de que a éste le cueste caro encontrarlo, que cuando diga “Ah, te agarré!” sea él mismo (el analista) quien se pierda de vista, quien estalle y se haga otro. Analista y paciente deberían ser –a pesar de los años compartidos- dos desconocidos (seres quizás amigables entre sí pero que conservan siempre cierto margen de extrañeza el uno para el otro). Es cierto, tienen hábitos comunes, han generado cierta familiaridad con el correr de los encuentros, pero así y todo nunca llegan a conocerse realmente, hay un punto en que se miran con inquietud. No es que se tengan desconfianza, al contrario, se trata de la esperanza transferencial de ser un poco otra cosa de lo que la expectativa común espera confirmar, de algo distinto a lo que parecen ser.
¿Cómo nombrar ese movimiento “del” y “en” el analista que a veces lo transforma de un modo sorpresivo en el curso de un tratamiento? Y no nos referimos aquí a los efectos más o menos transitorios del fenómeno contratransferencial sino a los efectos permanentes en su subjetividad que dejan en el analista ciertos momentos del encuentro clínico con los pacientes.
En los medios analíticos -y de un modo cada vez más frecuente-, se escucha decir que en la dirección de las curas siempre se pone en juego algo que pertenece a la singularidad del analista. Si bien es cierto que se apuesta a un “vaciamiento del ser” del analista en su función,  se empieza a afirmar la idea de que algo que le es propio está incluido en cada una de sus operaciones. Hay vacilaciones en la definición de este compromiso de algo “personal” del analista, en general, no se sabe nombrar bien a ese “algo propio” que éste pondría en juego en los tratamientos. Se admite que ese algo se “pone en juego”, pero nunca que sea –como muchas veces lo es- absolutamente  “necesario” para el curso de ciertos tratamientos.
El reconocimiento de esa presencia del analista en la dirección de las curas a menudo es batallada desde cierta militancia idealizada –y mal entendida- de la abstinencia y neutralidad del analista en los tratamientos, otras consignada con resignación, como si fuera una confesión: se trataría de algo así como una contaminación inevitable –pero benigna- de la que –en algunos casos- se podría sacar algún partido....  
Finalmente, se dice que en cada “acto analítico”, en cada una de las decisiones del analista -en cuanto a cuándo y cómo intervenir-,  se filtra siempre –de manera variable- algo de la singularidad del analista, pero nuevamente no se sabe bien qué anima esta constatación, si la resignación frente a lo inevitable o el sentimiento de cierto protagonismo necesario en el ejercicio de la función analítica. Parecería que cierto rigor superyoico no facilita la reflexión adecuada de esa singularidad que los analistas comprometen en cada uno de los tratamientos que dirigen.


[1]              Se alude al aforismo lacaniano: “yo, la Verdad, hablo!” 

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